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La Casa de la Cultura Ecuatoriana se origina profundamente en las constantes de la vocación del hombre ecuatoriano - cultura y libertad

Mensaje de nuestro Presidente

Marco Antonio Rodríguez
Marco Antonio Rodríguez

La Casa, nuestra Casa, fue edificada para guarecer al pueblo ecuatoriano de todos los infortunios (casa adentro, casa afuera), y para multiplicarse en nuestra patria grande, América Latina. Fue la contestación al derrotismo que padecimos luego de la guerra fratricida con Perú. Respuesta propositiva, exenta de temores, rencores, satrapías o represalias. 

Y de la Casa de la Cultura Ecuatoriana fluyó como un río de aguas limpias la ‘Teoría de la Nación Pequeña’: tenemos que ser grandes por nuestra cultura, por el vigor de nuestras instituciones, por nuestra eticidad. Nuestra Casa, entonces, sigue en plena vigencia en el tiempo del vacío que vivimos, signado por la mundialización, y cuya divisa es el neoliberalismo, sistema de muerte y no de vida, conclusión que repetía con violencia de santo el papa Juan Pablo II.


Y nuestra Casa de la Cultura Ecuatoriana se echó a andar de la mano de Benjamín por los caminos del mundo. Y fue imitada —¡qué bueno!— y fue pregonando la fusión de América Latina, en una sola mano, apretada como el oro y la plata que albergan sus entrañas. ¿Quién, en su sana razón, no ama nuestra latinoamericanidad…? Por supuesto, no nos referimos a los siervos del sistema, a quienes lo único que les interesa es hacinar fortuna y poder (son lo mismo).

 

La Casa, nuestra Casa, tuvo, tiene y tendrá detractores: unos pocos que resuman amargura, otros que fungen de poseedores de la verdad (la verdad no existe, solo es un camino), los de más allá porque les es indiferente o porque —con razón—, algunas veces, nuestra Casa, se pobló de ignaridad, improvisación, aventurerismo o de agresores de su singular esencia.


La cultura ya no es más sinónimo de las ‘bellas artes’ (literatura, pintura y música…), es todo un amasijo que supone los signos propios, subjetivos y físicos (materialidad), intelectivos y afectivos que cuajan a una nación. No más ese reduccionismo absurdo que creía que cultura constituía la ‘expresión de las artes y de las letras de un país’. La cultura ha ido acumulando casi todo: las conductas, los derechos axiales de los seres humanos, los prontuarios de valores, tradiciones, usos y costumbres de los pueblos.

 

Quienes no se aproximen al estudio, al conocimiento y a la constatación de nuestro Ecuador profundo, no pueden dirigir la ‘institución rectora de la cultura y el pensamiento nacionales’. Por esta incuestionable razón, hay que autocriticarnos: la crisis que nos consume es integral y esta se impregnó —metástasis al fin— también en nuestra Casa.


Los orientadores y orientadoras de los veinte y cuatro Núcleos de la patria estamos decididos a sacarla de este estado.

Marco Antonio Rodríguez
Presidente CCE

 

Informe de Labores 2008-2009

 

 

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